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NUESTRA OPINIÓN

El Acuerdo de París -COP21

México D.F., a 17 de diciembre, 2015

El Acuerdo de París es un paso decisivo para enfrentar el cambio climático, pero aún queda mucho por recorrer

El Acuerdo de París marca un punto de inflexión en la historia de las negociaciones sobre el cambio climático en varios sentidos. De entrada, es el más comprehensivo, universal y balanceado que se haya firmado en los 23 años que el tema ha estado en la agenda internacional.  Establece que todos los países, sin distinción alguna, determinen su contribución nacional y se comprometan a hacer y comunicar sus esfuerzos en términos de reducción de emisiones, que deben ser ambiciosos, aunque siempre acordes con sus capacidades. Fija asimismo mecanismos de transparencia y rendición de cuentas para verificar sus compromisos, no sólo en términos de reducción de emisiones y esfuerzos de adaptación, sino también de apoyos en términos de financiamiento, transferencia de tecnología y desarrollo de capacidades. El Acuerdo es flexible y contempla procesos de revisión periódicos, al menos cada cinco años, con miras a aumentar su nivel de compromiso. También busca ser justo, al construirse sobre la base del principio de “responsabilidades comunes pero diferenciadas”, incluyendo preceptos encaminados a apoyar a los países y las comunidades menos desarrollados y a los más vulnerables a los impactos del cambio climático.

Vemos con mucho optimismo el acuerdo logrado. Significa un triunfo del multilateralismo y una muestra del valor del esfuerzo colectivo de todos los países, que a pesar de sus diferencias en nivel de desarrollo y capacidades, grado de responsabilidad en las causas del problema, vulnerabilidad ante los impactos que provoca, e intereses nacionales, fueron capaces de establecer metas y acciones comunes ante el mayor reto que enfrenta actualmente la humanidad.

Con la COP21 de París culmina un intenso proceso de negociación, durante el cual se buscó acercar posiciones y consolidar un esfuerzo global frente al cambio climático. El problema involucra en sus causas y consecuencias cuestiones científicas, técnicas, económicas, sociales, legales, políticas e incluso ideológicas, sobre las que no había sido posible lograr consensos y una acción colectiva entre 195 países. Con el Acuerdo de París se da un paso fundamental en el sentido correcto, pero aún queda mucho trabajo por hacer para consolidarlo y convertirlo en acciones concretas, y todavía más para que éstas se refuercen y se aceleren a la velocidad que el fenómeno amerita.  El propio Acuerdo reconoce que no es suficiente para solucionar satisfactoriamente el problema que enfrentamos, y establece mecanismos para aumentar su grado de ambición en el futuro inmediato, en concreto para la revisión periódica de las metas y los esfuerzos individuales y colectivos para lograrlas.

Los esfuerzos acordados se encaminan a no sobrepasar la meta aspiracional de calentamiento promedio de la superficie del planeta de dos grados respecto a la era pre-industrial, acordada en Cancún hace cinco años. Sobre esa base, con el acuerdo y las contribuciones anunciadas hasta ahora por prácticamente todos los países, disminuye significativamente el riesgo de que la temperatura promedio de la superficie del planeta aumente más de cuatro o cinco grados centígrados para finales de siglo, que de alcanzarse generarían impactos desastrosos para la humanidad. Para aumentar las probabilidades de cumplir con las metas de elevación de temperatura establecidas en el Acuerdo, incluso las que son más ambiciosas, habrá que impulsar con seriedad una transformación profunda en la manera como se produce y consume la energía y otros bienes, y en última instancia en el actual modelo de desarrollo.

Para cumplir lo pactado, será importante no sólo la voluntad, sino asegurar la transferencia de tecnología, el desarrollo de capacidades y el financiamiento adicional, enfocado tanto a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero como a adaptarse a los impactos del cambio climático. A este respecto, los países desarrollados confirman que continuarán liderando la movilización de recursos hacia los países en desarrollo, buscando un incremento gradual respecto a los esfuerzos previos, entre los que destaca el Fondo Verde Climático y el compromiso de cien mil millones de dólares al año a partir de 2020.

El Acuerdo se logró al encontrar un balance, tanto entre sus componentes como en términos de responsabilidades entre quienes más han contribuido a las causas del problema y tienen más capacidades para solucionarlo, y los que están sufriendo las consecuencias más severas. Idealmente, además de equilibrado, el Acuerdo debe ser efectivo, para lo cual es fundamental que todos quienes lo suscriben lo cumplan a cabalidad, y que los avances en su implementación sean medibles y verificables, e incluso lo suficientemente flexibles para que puedan potenciarse.

Es notable que en las negociaciones climáticas empieza a superarse la división y diferenciación entre países desarrollados y en desarrollo, que ha estado tan cercanamente ligada con la desconfianza mutua. Esta distinción caracterizó al Protocolo de Kioto, que a la larga resultó ser muy poco efectivo, en parte justamente por asignar compromisos cuantitativos de reducción de emisiones a sólo un grupo limitado de países, los desarrollados, siendo que las emisiones de los países en desarrollo crecían muy rápidamente, en buena medida a costa de consumir combustibles fósiles y de degradar sus recursos naturales.

En resumen, si bien aún falta mucho por hacer, en vista de la complejidad de las negociaciones, reconocemos el gran esfuerzo y el acuerdo logrado en París, y consideramos que éste marca un muy buen comienzo. Quedan aún muchos detalles por afinar para asegurar una implementación efectiva y consolidar un esfuerzo suficiente, pero el hecho mismo de haber logrado un nuevo acuerdo universal que siente las bases para detener el cambio climático y enfrentar sus consecuencias a escala global, es un triunfo político y un paso fundamental e impostergable en la dirección correcta, para asegurar el progreso de la humanidad y la sobrevivencia de las especies que habitan el planeta.

Aunque el costo económico de las medidas derivadas del Acuerdo de París es significativo, es mucho menor que el costo probable de los impactos que ocasionaría el cambio climático si éstas no se implementaran.  Enfrentar el cambio climático con decisión requiere transitar hacia una economía que sea menos intensiva en emisiones de contaminantes, más eficiente en el uso de recursos, y más resistente a los impactos del cambio climático. Estos cambios presentan la oportunidad de un crecimiento económico vigoroso, además de una serie de beneficios adicionales asociados, tales como una mejora en la calidad del aire, movilidad eficiente y mayor diversidad energética, que logren un mayor bienestar social.

Reconocemos que México, asumiendo su responsabilidad para enfrentar el cambio climático, ha sido un actor muy activo en la negociación y fue el primer país en desarrollo en presentar su contribución nacional y establecer metas ambiciosas. Aunque algunas de estas metas están condicionadas a recibir apoyos internacionales y a la efectiva implementación del acuerdo multilateral, será tarea tanto del gobierno como de la sociedad vigilar que se cumplan los compromisos planteados y que se concreten acciones, más allá de las intenciones. Sólo así se asegurará el tránsito de nuestro país hacia un desarrollo de bajo carbono, el cual se puede lograr sin sacrificar el desarrollo económico, e inclusive mejorando la competitividad de la industria nacional. Movernos en esta dirección nos prepara para un probable impuesto a las emisiones de carbono que se adopte a nivel internacional.

Dr. Mario Molina

 

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